5 de noviembre · Día Internacional de las Personas Cuidadoras: las personas que sostienen la vida y permanecen invisibles
En el Día Internacional de las Personas Cuidadoras reflexionamos sobre la sobrecarga, la salud mental y las desigualdades que atraviesan los cuidados. Una mirada comunitaria e inclusiva que visibiliza especialmente a las mujeres migrantes y racializadas, las cuidadoras internas y quienes sostienen la vida sin el reconocimiento y los derechos que merecen.
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11/5/202610 min read


Cuidar es una actividad esencial para la vida. Pero ¿quién cuida de quienes cuidan? ¿Y quién reconoce a aquellas personas cuyo trabajo permanece invisible?
Cada 5 de noviembre, el Día Internacional de las Personas Cuidadoras nos invita a reconocer la labor de quienes acompañan y atienden a personas mayores, con discapacidad, enfermedades crónicas o situaciones de dependencia. Es una oportunidad para agradecer, pero también para reflexionar. Porque detrás de muchas historias de cuidado encontramos jornadas interminables, cansancio acumulado, renuncias personales y una responsabilidad que no siempre se comparte.
Encontramos hijas que cuidan de sus madres, parejas que acompañan procesos de enfermedad, familiares que reorganizan sus vidas y profesionales que prestan apoyo en domicilios, centros sociosanitarios y otros recursos. Pero también encontramos a muchas mujeres migrantes y racializadas que trabajan cuidando a otras personas, a menudo en el interior de hogares privados, lejos de sus propias familias y en condiciones que no siempre garantizan sus derechos.
Hablar de cuidados implica hablar de salud, pero también de género, desigualdad, trabajo, migración, racismo y justicia social. Cuidar sostiene la vida, pero no todas las personas cuidan en las mismas condiciones
Los cuidados forman parte de nuestra vida cotidiana.
Todas las personas necesitamos ser cuidadas en diferentes momentos: durante la infancia, ante una enfermedad, cuando atravesamos situaciones de vulnerabilidad o cuando necesitamos apoyo para desarrollar determinadas actividades. Sin embargo, la responsabilidad de cuidar continúa distribuyéndose de manera desigual.
En España, los datos del Instituto Nacional de Estadística correspondientes a 2025 muestran que el 37,6 % de las mujeres de entre 18 y 74 años tenía alguna responsabilidad de cuidado, frente al 31,7 % de los hombres. Las diferencias también aparecen en el tiempo dedicado a cuidar: las mujeres tienen mayor presencia entre quienes asumen jornadas de cuidado más prolongadas. Estos datos nos recuerdan que los cuidados siguen teniendo una importante dimensión de género.
Durante generaciones, cuidar se ha considerado una responsabilidad femenina, asociada al amor, la entrega o el deber familiar. Esta visión ha contribuido a que muchas tareas fundamentales para el bienestar permanezcan poco reconocidas, insuficientemente compartidas y, cuando son remuneradas, frecuentemente infravaloradas. Pero cuidar no es una capacidad que pertenezca naturalmente a las mujeres. Cuidar es una responsabilidad social que necesita recursos, conocimientos, tiempo y condiciones dignas.
Las cuidadoras que permanecen invisibles: mujeres migrantes y racializadas
Cuando pensamos en una persona cuidadora, con frecuencia imaginamos a alguien que atiende a un familiar. Pero existe otra realidad que merece una atención especial: la de las mujeres que realizan trabajos de cuidados remunerados en los hogares. Muchas son mujeres migrantes, algunas racializadas, que encuentran en el empleo doméstico y de cuidados una de sus principales oportunidades de inserción laboral. Entre ellas se encuentran las cuidadoras internas, que viven en el domicilio de la persona a la que atienden.
Su trabajo puede incluir acompañamiento, ayuda para la higiene, alimentación, movilización, supervisión, tareas domésticas y apoyo durante la noche. La convivencia en el lugar de trabajo puede dificultar la separación entre el tiempo laboral y el tiempo personal. En determinadas situaciones, la disponibilidad permanente se normaliza, los descansos se reducen y la intimidad desaparece.
Además, algunas trabajadoras afrontan barreras relacionadas con su situación administrativa, el desconocimiento de sus derechos, la discriminación racial o la dependencia económica respecto a su empleo. Es importante no confundir la ausencia de una titulación sociosanitaria con la ausencia de trabajo, conocimientos o responsabilidades. Una cuidadora puede no tener una cualificación profesional reconocida y, sin embargo, realizar diariamente tareas esenciales para el bienestar de otra persona.
También debemos distinguir entre los cuidados familiares no remunerados y el trabajo de cuidados remunerado, aunque se realice sin contrato o en condiciones informales. En este último caso, hablamos de trabajo y de derechos laborales, no simplemente de ayuda o vocación.
En ocasiones, estas mujeres cuidan de personas mayores en España mientras sus propios hijos, hijas u otros familiares permanecen en sus países de origen. Esta realidad forma parte de lo que se conoce como cadenas globales de cuidados: necesidades de cuidado que se resuelven mediante el trabajo de mujeres migrantes, mientras otras personas asumen, a su vez, los cuidados en sus familias y comunidades de origen.
No todas las mujeres migrantes viven las mismas experiencias, ni todas las cuidadoras internas trabajan en condiciones precarias. Pero reconocer la diversidad de situaciones no debería impedirnos identificar las desigualdades estructurales que atraviesan este sector. No podemos construir una sociedad que cuida apoyándonos en la precariedad de quienes hacen posible esos cuidados.
La sobrecarga de las personas cuidadoras: cuando cuidar también afecta a la salud
Cuidar puede ser una experiencia significativa, vinculada al afecto, la reciprocidad y el compromiso. Pero también puede implicar un esfuerzo físico, emocional y social importante, especialmente cuando las necesidades de apoyo son intensas, prolongadas o recaen sobre una sola persona.
En enfermedades como el Alzheimer y otras demencias, las necesidades de cuidado pueden cambiar con el tiempo. A las dificultades relacionadas con la memoria, la orientación o la autonomía pueden sumarse alteraciones del sueño, cambios conductuales y una creciente necesidad de acompañamiento. Quien cuida puede experimentar una sensación de responsabilidad constante.
Entre las manifestaciones de sobrecarga encontramos:
Cansancio persistente y dificultades para descansar.
Problemas de sueño.
Irritabilidad, preocupación o ansiedad.
Dolores musculares y otras molestias físicas.
Reducción de actividades personales y aficiones.
Aislamiento social.
Sentimientos de tristeza, culpa, frustración o impotencia.
Sensación de haber perdido espacios propios y autonomía sobre el tiempo.
Estas manifestaciones no aparecen necesariamente en todas las personas cuidadoras, ni significan por sí solas que exista un trastorno psicológico. Sin embargo, cuando se mantienen o interfieren con la vida cotidiana, merecen atención.
En el ámbito sanitario existen instrumentos como la escala de sobrecarga de Zarit, que pueden ayudar a explorar la percepción de carga en determinadas situaciones de cuidado familiar. Pero ninguna escala sustituye la escucha de la persona ni una valoración de sus circunstancias. Y, especialmente en el caso de las trabajadoras remuneradas, la evaluación del bienestar debe incluir también las condiciones laborales, los descansos, la seguridad y el respeto a sus derechos.
Las emociones de quienes cuidan también importan
Cuando hablamos de cuidados, solemos centrarnos en las necesidades de la persona atendida. Pero ¿qué ocurre con las emociones de quien cuida? Una persona cuidadora puede sentir amor y agotamiento al mismo tiempo. Puede experimentar satisfacción por acompañar a alguien y, a la vez, frustración por no disponer de tiempo propio. Puede sentir tristeza ante la evolución de una enfermedad, rabia por la falta de apoyos o culpa cuando desea descansar. Estas emociones no son incompatibles con el afecto ni con el compromiso. Sentir cansancio, frustración o rabia no significa cuidar peor ni querer menos a la persona atendida.
También es importante reconocer que no todas las personas pueden expresar su malestar con la misma libertad. Una cuidadora migrante que teme perder su empleo puede sentirse obligada a ocultar el agotamiento o aceptar situaciones que vulneran sus límites. Una hija que cuida a su madre puede experimentar culpa al plantearse solicitar ayuda externa. Una trabajadora interna puede tener dificultades para expresar que necesita descansar cuando su lugar de trabajo es también el espacio donde vive. Por eso, cuando recomendamos aprender a gestionar las emociones, debemos preguntarnos si existen condiciones que permitan hacerlo. No basta con enseñar estrategias de regulación emocional si la persona continúa expuesta a una situación de sobrecarga sin posibilidad real de descanso. El bienestar emocional no depende únicamente de nuestras habilidades individuales. También depende de las condiciones en las que vivimos y trabajamos.
Cuidarse cuando cuidamos: recursos que pueden ayudarnos
Desde la atención sanitaria y comunitaria, existen diferentes estrategias que pueden contribuir al bienestar de las personas cuidadoras. Pero debemos evitar convertirlas en nuevas obligaciones. No se trata de pedir a quien está agotada que encuentre fuerzas para realizar todavía más tareas. Se trata de identificar qué apoyos necesita y qué recursos pueden estar disponibles.
Comprender las necesidades de la persona cuidada
Conocer una enfermedad, su evolución y los cambios que puede producir ayuda a anticipar algunas situaciones y a tomar decisiones más informadas. En el caso de las demencias, la educación sobre síntomas, comunicación, seguridad y necesidades de apoyo puede resultar especialmente útil.
Pero la información debe ser accesible y adaptada a las circunstancias de cada persona cuidadora, incluyendo posibles barreras lingüísticas o culturales.
Reconocer nuestras propias necesidades
Quienes cuidan también necesitan dormir, alimentarse adecuadamente, mantener vínculos, disponer de tiempo personal y recibir atención sanitaria. Reconocer estas necesidades no es egoísmo. Es comprender que nuestra salud también importa.
Compartir responsabilidades
Cuando sea posible, distribuir tareas entre familiares, redes de apoyo y servicios profesionales puede ayudar a reducir la sobrecarga. Esto incluye no solo las tareas visibles, sino también la organización de citas, la gestión de tratamientos, los trámites y la planificación cotidiana.
En el caso de las trabajadoras remuneradas, compartir responsabilidades no es sinonimo de sustituir el cumplimiento de sus obligaciones laborales.
Buscar apoyo social y comunitario
Los grupos de apoyo, las asociaciones, los servicios sociales y los recursos comunitarios pueden ofrecer información, acompañamiento y espacios de encuentro.
Para las mujeres migrantes y racializadas, también pueden ser importantes las redes de apoyo mutuo y las organizaciones que ofrecen orientación laboral, jurídica o social.
Disponer de descanso real
El descanso no debería depender exclusivamente de la capacidad individual para organizarse. Necesitamos servicios de respiro, apoyos domiciliarios, recursos de atención a la dependencia y condiciones laborales que garanticen tiempos de descanso.
En el trabajo interno, vivir en el domicilio de la persona atendida no equivale a estar permanentemente disponible.
Atender a nuestra salud emocional
Poder hablar de lo que sentimos, identificar situaciones que nos desbordan y acceder a apoyo psicológico cuando sea necesario puede ayudarnos a afrontar determinadas dificultades.
Prácticas como la atención plena, la respiración consciente o las actividades agradables pueden resultar útiles para algunas personas. Pero ninguna técnica de relajación sustituye un salario digno, una jornada laboral adecuada, un descanso suficiente o una red de apoyos. El autocuidado es importante, pero no puede convertirse en una alternativa a los derechos y a la responsabilidad colectiva.
Cuidar también es una cuestión de derechos
En los últimos años se han producido avances relevantes en el reconocimiento de los derechos de las personas trabajadoras del hogar en España. La entrada en vigor del Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo en febrero de 2024 y la aprobación del Real Decreto 893/2024, sobre protección de la seguridad y la salud en el ámbito del servicio del hogar familiar, forman parte de este proceso. Estas normas refuerzan el reconocimiento del trabajo doméstico como una actividad laboral que debe contar con protección. Sin embargo, disponer de derechos reconocidos legalmente no garantiza que todas las personas puedan ejercerlos en igualdad de condiciones.
Las barreras administrativas, la falta de información, el temor a represalias, las dificultades de inspección en domicilios privados y las situaciones de discriminación pueden limitar su ejercicio efectivo. Por eso, dignificar los cuidados también significa garantizar contratos y cotizaciones cuando corresponda, remuneraciones adecuadas, descansos, protección frente a riesgos laborales y mecanismos accesibles para denunciar abusos. También significa escuchar a las propias trabajadoras y reconocer su participación en las decisiones que afectan a sus vidas. No basta con agradecer el trabajo de las cuidadoras. Es necesario garantizar sus derechos.
Una mirada salutogénica y comunitaria: ¿qué necesitamos para construir salud?
Desde la salutogénesis, propuesta por Aaron Antonovsky, podemos preguntarnos qué recursos favorecen la salud y ayudan a las personas a afrontar las dificultades. En el ámbito de los cuidados, esta mirada permite ir más allá de identificar síntomas de estrés o sobrecarga. Nos invita a reconocer los recursos personales, relacionales, comunitarios y materiales que pueden sostener el bienestar.
Entre ellos encontramos el acceso a información comprensible, las redes de apoyo, la seguridad económica, el reconocimiento social, los servicios públicos y la posibilidad de participar en decisiones que afectan a nuestra vida.
Pero también nos recuerda algo fundamental: no todas las personas tienen las mismas oportunidades para acceder a estos recursos. No podemos hablar de autonomía personal sin considerar las condiciones materiales que la hacen posible. No podemos recomendar descanso a una cuidadora interna sin preguntarnos si dispone de tiempo libre efectivo. No podemos hablar de bienestar emocional sin considerar el racismo, la precariedad o la inseguridad administrativa que pueden atravesar la experiencia de determinadas trabajadoras. Y no podemos hablar de corresponsabilidad si los cuidados continúan recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres.
Desde una perspectiva comunitaria, cuidar de quienes cuidan requiere fortalecer los servicios públicos, las redes sociales, los derechos laborales y las políticas que favorezcan una distribución más justa de las responsabilidades. Construir salud también significa construir una sociedad en la que cuidar no implique renunciar a la propia salud, dignidad o proyecto de vida.
Este 5 de noviembre, además de agradecer, necesitamos actuar
El Día Internacional de las Personas Cuidadoras es una oportunidad para reconocer el valor de quienes sostienen la vida cotidiana. Pero también para preguntarnos a quiénes estamos dejando fuera de ese reconocimiento. Pensemos en la hija que ha reducido su jornada laboral para cuidar a su padre. En la mujer que acompaña a su pareja durante una enfermedad prolongada. En la persona que cuida a un familiar con demencia mientras intenta mantener su propia salud. En la trabajadora migrante que acompaña a una persona mayor durante la noche y que, en ocasiones, no dispone de un descanso adecuado. En la mujer racializada que sostiene un hogar ajeno mientras intenta sostener, desde la distancia, los vínculos y necesidades de su propia familia. Todas estas experiencias merecen ser escuchadas, aunque sus necesidades y circunstancias sean diferentes. Y todas nos recuerdan que los cuidados no pueden seguir dependiendo exclusivamente del sacrificio individual.
Este 5 de noviembre, además de agradecer, necesitamos hablar de corresponsabilidad, recursos públicos, reconocimiento, condiciones laborales dignas y derechos. Porque cuidar es fundamental para la vida. Pero ninguna persona debería tener que elegir entre cuidar a otras y cuidar de sí misma. Y porque una sociedad verdaderamente cuidadora no es solamente aquella que reconoce la importancia de los cuidados. Es aquella que también protege, escucha y cuida a quienes los hacen posibles.
Para reflexionar:
¿Quiénes sostienen los cuidados en nuestras familias y comunidades?
¿Qué trabajos de cuidado reconocemos y cuáles permanecen invisibles?
¿Qué barreras encuentran las mujeres migrantes y racializadas que trabajan como cuidadoras?
¿Qué recursos necesitan las personas cuidadoras para proteger su salud?
¿Qué podemos transformar, individual y colectivamente, para construir una sociedad más cuidadora?
Este artículo tiene una finalidad divulgativa. Las situaciones de sobrecarga, las necesidades de atención sanitaria y las consultas sobre derechos laborales requieren una valoración adaptada a cada caso.
Bibliografia
1. Instituto Nacional de Estadística (2026). Encuesta de Población Activa. Módulo sobre conciliación entre la vida laboral y la familiar. Año 2025. Consultar datos oficiales.
2. Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Situación de las personas migrantes y refugiadas en España. Informe anual 2024. Incluye recomendaciones sobre protección laboral y discriminación en el trabajo doméstico y de cuidados. Consultar informe.
3. Boletín Oficial del Estado (2024, texto consolidado). Real Decreto 893/2024, de 10 de septiembre, por el que se regula la protección de la seguridad y la salud en el ámbito del servicio del hogar familiar. Consultar normativa.
4. Antonovsky, A. (1987). Unraveling the Mystery of Health: How People Manage Stress and Stay Well. Jossey-Bass.
5. Zarit, S. H., Reever, K. E., & Bach-Peterson, J. (1980). Relatives of the impaired elderly: Correlates of feelings of burden. The Gerontologist, 20(6), 649–655. https://doi.org/10.1093/geront/20.6.649
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